Noticias del Tuy

El malo

Henri Falcón llegó puntual al encuentro en el que lo conocí. De baja estatura y buena complexión, el champú que usa para matizar sus canas le dejó un extraño color azulado que se hacía más notable por lo bronceado de su frente. Demasiado tenso para una reunión cordial, su introducción estuvo signada por lo que entiendo son los rasgos que eligió para empatizar con la mayoría: de origen pobre, del pueblo de Nirgua, de rango sargento, abogado con bajo promedio de notas y un “fui chavista, nunca lo he negado”, que luego reforzó con varias referencias a la soberbia de la clase media que no entiende (al menos no como él y otrora el finado) que solo los pobres deciden y a ellos hay que dedicar cualquier esfuerzo de campaña y liderazgo; que "Caracas no es Venezuela" y que no todos tienen teléfonos inteligentes. Gracias por las lecciones, eh.

No abre sus manos, no cambia los puntos focales, no sonríe, no varía el tono de voz. Plano en su desempeño físico como en su línea argumental, dijo que no ensayó la “chavetización” de su performance y admitió que no es carismático, pero prometió ser el papá de los helados de la concertación, además de un líder transitorio. Lástima que los 17 años consecutivos gobernando en Lara no ayuden a darle crédito a esta posibilidad. Con la afirmación: “las primarias dejan heridas y no había tiempo”, despachó su decisión de lanzarse al margen de la unidad.

Afirma tener expectativas pero no temores, así que no declinará su candidatura ni que venga Thanos con todas las gemas del infinito a apoyar a Nicolás. Antagoniza su candidatura con la abstención, lanzando el recurso (también chavista) de que los abstencionistas piden mejores condiciones electorales solo porque él es el candidato, que si se tratara de Leopoldo López o Henrique Capriles no las pedirían. Usó la libreta y el bolígrafo que tenía en la mesa como un interlocutor seguro, para trazar rayas y círculos que remarcó repitiendo datos manidos. Relativizó que no se haya cumplido el acuerdo de garantías electorales y volvió a comparar las condiciones electorales actuales con las de 2015, asegurando que sí cambiaron las condiciones políticas, solo para decir que la gente está más brava y desesperada, ergo, votarán por él, aunque aún no tiene la cantidad de gente necesaria para atender el padrón electoral. No criticó a este gobierno, pero fue vehemente para criticar a un partido opositor.

Dijo pocas cosas en primera persona. Para todo lo importante usó la primera persona del plural aunque estuviese solo en su silla. Un “nosotros” con tan poca emocionalidad, que lejos de integrar a quienes le acompañan, me legó la duda de si sufre algún desorden de personalidad. Admitiendo que le quedan muy pocos días para resolver temas cruciales que le acerquen a cualquier posibilidad de victoria, la ligereza con la que despachó la improbabilidad de resolverlos fue abismal. Presumo que es así porque ya se siente victorioso, ya ganó la notoriedad que quería y se cree un líder nacional, aunque nada en su desempeño respalde esa estatura.

Su posibilidad de victoria la centra en el voto castigo, en la necesidad que tienen los beneficiarios de programas sociales de votar, porque si no se registran en los puntos rojos el 20 de mayo, pueden perderlos. ¿Qué los hará menos vulnerables cuando estén frente a una máquina de votación monitoreada solo por chavistas? El segundo elemento de su victoria está cifrado en la masividad del voto, una que limita cada vez que rivaliza con quien decidió no votar y no con Nicolás. Al salir, ya sin el candidato, hubo tres grupos: los indecisos (pocos), los convencidos de no votar (más aún después de escucharlo) y los que van a votar con un frasco de antiemético bajo el brazo, porque entre el malo y el peor, es preferible el malo. Formo parte del segundo grupo.