Bolívar y el Correo del Orinoco

Luis Britto García Jul 3, 2021. 6:00 am

Apenas consolidado en Guayana, Bolívar encomienda a Fernando Peñalver en carta de primero de septiembre de 1817:“Sobre todo mándeme de un modo u otro la imprenta que es tan útil como los pertrechos”. Quizá de esta misiva proviene la frase atribuida al Libertador “la prensa es la artillería del pensamiento”. No la hemos encontrado en sus escritos: aparentemente es versión de la expresión anterior modificada por la tradición oral, sólo que superior en fuerza expresiva. Enfermo Peñalver, el Libertador encomienda a José Miguel Isturiz que viaje a Jamaica para la adquisición de una imprenta, y llegada ésta en 1817, contrata al inglés Andrés Roderick para que la maneje y forme aprendices criollos. Por la grave escasez de numerario, el pago se hace en mulas. Es el comienzo del legendario Correo del Orinoco.

Al final del número 1 del Correo del Orinoco aparece una declaración de principios, que especifica ante todo los documentos que se publicarán, y que transcribimos con la ortografía de la época: “1°, los Decretos y Actos del Gobierno, los Boletines de Exército , y quantas noticias interésantes comuniquen los Gefes Militeres, y los Gobernadores de las Provincias, ó podamos adquirir por la correspondencia particular : -2°. Las que conciernen al Comercio interior y exterior, y los avisos de remates, subastas, precios corrientes &c.- 3°. Extractos de los periodicos extranjeros asi politicos como literarios: -4°Variedades, baxo cuyo título, daremos algunos discursos políticos y economicos, rastos historicos, anecdotas, y diversos hechos que aunque no sean recientes, merecen conocerse, unos por la admiración y otros por el horror y la indignación que inspira- No importa a qual de los dos partidos contendientes pertenezca la gloria, el oprobio de ellos. Somos libres, escribimos en un País libre, y no nos proponemos engañar al público. No por eso nos hacemos responsables de las Noticias Oficiales; pero anunciándolas como tales, queda a juicio del Lector discernir la mayor o menor fé que merescan. El Público ilustrado aprende muy pronto a leer cualquier Gazeta, como ha aprendido á leer la de Caracas, que a fuerza de empeñarse en engañar a todos ha logrado no engañar a nadie” (Correo del Orinoco, N°1, p.4, 27-6-1918).

En el breve texto destaca la intención de veracidad: “Somos libres, escribimos en un País libre, y no nos proponemos engañar al público”. Llega al extremo de no hacerse responsable de la exactitud de las noticias oficiales, “pero anunciándolas como tales queda a juicio del Lector discernir la mayor o menor fé que merescan”. Se confía en el público, el cual habría terminado por desconfiar de la realista Gazeta de Caracas, “que a fuerza de empeñarse en engañar a todos ha logrado no engañar a nadie”. Resalta una voluntad de imparcialidad. Se divulgarán todos los hechos que “merecen conocerse, unos por la admiración y otros por el horror y la indignación que inspira- No importa a qual de los dos partidos contendientes pertenezca la gloria, el oprobio de ellos”.

La declaración de, seguramente supervisada por Bolívar, concluye con terminante autocrítica. Por la impremeditación de la empresa, por la tradicional escasez de libros esclarecedores “no podemos darle desde el principio todo el interés de que es susceptible una Gazeta”. El órgano funda su mérito en “su mera existencia en el centro de las inmensas soledades del Orinoco”, donde “se pelea contra el monopolio y contra el despotismo por la libertad del Comercio universal, y por los derechos del Mundo”. Se dedican los párrafos inmediatos al sistema de suscripciones y a los avisos, así como al proyecto de multiplicar los establecimientos tipográficos, a cuyo efecto “ha determinado que por ahora se instruyan tres JÓVENES en el Arte de la Imprenta”.

Así inicia el Correo del Orinoco una trayectoria que se extenderá desde el 27 de junio de 1818 hasta el 23 de marzo de 1822, durante la cual se imprimirán 128 números que dejarán testimonio de la gesta independentista y de las noticias mundiales vinculadas con ella. Entre los colaboradores del hebdomadario se cuentan Manuel Palacio Fajardo, Juan Germán Roscio y el propio Libertador, cuyos decretos y proclamas llenan parte de la publicación, y que cuando expresa sus opiniones particulares utiliza el seudónimo J.Trimiño.

La promesa de que se darán a conocer hechos de ambos bandos no es mero saludo a la bandera. Ya en el segundo número, el 4 de julio de 1818, se transcribe literalmente el “Oficio del cabecilla Pablo Morillo al Secretario de Estado de la Corte de Madrid” de 27 de marzo de 1816. El despacho contiene párrafos penetrantes. Afirma el Pacificador que “Lo que es bueno para el reyno de Santa Fé no surte efecto en Venezuela á pesar de que son confinantes. En el primero hay pocos negros y pardos; en la segunda son contados los blancos que han quedado. El habitante de Santa Fé ha mostrado ser cobarde y tímido, quando el otro es arrestado y sanguinario. En el vireynato han escrito mucho, y los Doctores han querido arreglarlo a su modo. En Caracas al instante desenvaynaron las espadas. De todo esto la diversa oposición que se ha encontrado. Pero en lo que se parecen ambos es en el disimulo y la perfidia. Quizá no hubieran presentado una obstinada resistencia los habitantes de este vireynato, si no hubiese Venezolanos. Cartagena se resistió hasta lo imposible por los Venezolanos”. Afirma Pablo Morillo haber desarrollado una política de clemencia, la cual dio por resultado “Nuevas revoluciones, nueva perfidia, y si concluída la pacificación de este vireynato se someten, será para esperar otra coyuntura oportuna; pero conseguir dicha sumisión es necesario una fuerza como lo tengo repetido tantas veces, una sola voz en la Capitanía General que todo lo pospongo á la guerra, y no creer que es obra de un día y sí de mucho tesón y constancia. Es ya guerra de negros contra blancos” (Correo del Orinoco, N° 2, 4-6-1818).

La Guerra de Colores, iniciada por José Tomás Boves contra la Patria, es ahora guerra de patriotas contra los enclaves extranjeros saqueadores no sometidos a las leyes de la República, que terminará por decidir la formidable artillería del pensamiento.

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