El valor de un impuntual

Naky Soto Aug 3, 2021. 5:30 pm

Hace semanas se dañó el ascensor que servía. El inicio de las reparaciones cambió el ánimo del chat en WhatsApp de la Junta de Condominio, y ahora los vecinos reciben cada día las fotos de las piezas cambiadas como la familia extensa de un bebé recién nacido:

  • ¡Ay, mira qué bien se ven los amortiguadores nuevos!

  • ¡Oh sí!, ¿pero se fijaron en los rieles?

  • ¡Se ven tan lindos con esos impulsores hidráulicos!

  • ¡Dios bendiga a las poleas!

Ese espíritu, tan irregular pero necesario, no se parece en nada a nuestras exhibiciones de sudor en pasillos y escaleras, por el ejercicio cardiovascular que nadie pidió pero igual tenemos hacer, y hacerlo con mascarillas, aprendiendo una vez más por qué a los descansos se les llama así, agradeciendo la altura de los peldaños y procurando fortalecer la espalda al no tocar los pasamanos, porque la variante delta volvió a engrincharnos en este país sin un plan de vacunación, sin segundas dosis de la Sputnik V y sin datos oficiales confiables.

Esta mañana regresando de pasear con Pepe un chamo esperaba en la puerta del edificio. Me dejó oír un audio simpatiquísimo. Un señor mayor decía casi sin aliento: “Te esperé, Félix Manuel, te esperé bastante, pero como tu mamá siempre ha sido una impuntual, no llegaste. Mijo, espera ahí a algún vecino que te haga el favor de abrirte las puertas, le dices que yo soy tu tío, que vivo en el apartamento equis, del piso tal y Pascual (SIC), y que tu mamá ha sido impuntual desde que vino al mundo, y bueno, campeón, ya tú sabes, a subir bastante”.

Con los cachetes encendidos Félix Manuel defendió a su mamá y me dijo que su tío siempre dice lo mismo, pero que jamás le reconoce cuando sí llega a tiempo. Su tío fue como un papá para su mamá, entre ambos hay 16 años de diferencia. El rencor comenzó en una boda. Este chamo fue el paje de la boda del hijo mayor de este tío, y llegaron tardísimo, lo suficiente para que él sólo recuerde la sesión de fotos a la salida: “sin flores, sin anillos y sin niñita al lado”, confesó. Desde entonces no hay evento familiar en el que alguno de los miembros de la familia no les recuerde el desplante. Me dio pena decírselo, pero yo hago lo propio con mi cortejo que llegó tarde. Con menor frecuencia, eso sí.

Como por el piso 5, Félix Manuel entendió que mi capacidad respiratoria no alcanzaba para narrar anécdotas con mascarilla, y subió jugando con Pepe sin correa, es decir, corrió y brincó con Pepe, que se devolvió en algunos pasillos (porque mi perro, siempre cortés, me espera), y volvió a correr. Llegados a nuestro piso, Pepe se frenó en seco en nuestra reja, y lo acaricié un poco a ver si se animaba a acompañar a su nuevo amigo, y lo hizo. Llegados al piso del tío, el chamo se asomó por la baranda central y me dio las gracias añadiendo: “Cualquier día de estos le bajo yo a Pepe, ¿oyó?”, y sentí la misma emoción que los vecinos con las fotos de las reparaciones: ¡Dios bendiga a los pajes sin flores!

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